Parece una contradicción… que este blog se mantenga vivo a base de introducir el anuncio de la muerte de amigos fotógrafos… No es que estemos de mala racha. Pero la realidad es que la generación de Afal ya tiene muchos años y de vez en cuando nos toca una despedida. Pero a pesar de la normalidad de la noticia, el adiós nos suele sorprender en su contraste con la vida y los proyectos de estos fotógrafos, con la fuerza y la permanencia de su mirada, incluso de aquellos que ya no están entre nosotros.
Hoy es Paco Ontañón el que nos ha dejado, aún cargado de ilusión y de proyectos. Su obsesión de los últimos tiempos era el trabajo. Quería seguir moviéndose de acá para allá, gastando los zapatos, como él decía: los pies eran el fundamento de su profesión de reportero y en sus facturas incluía siempre un presupuesto aparte para el calzado. El reportero tenía que conocer el mundo por sí mismo, sin planes ni guías. La deriva era su estrategia para adentrarse en el territorio. Así, libre de cualquier método, podía aparecer de improviso en los lugares más escondidos, las calles desconocidas, los descampados, los lindes de las ciudades, los promontorios para las buenas vistas. Como el que gira en torno a una escultura para descubrir su forma, Paco se dejaba ir por las calles de las muchas ciudades que había visitado. Últimamente salía por Madrid a fotografiar. Dirigía su cámara hacia las personas. Buscaba los gestos mezclados con los signos de contemporaneidad: las indumentarias, las mezclas de tipos, las motos, las pintadas, los anuncios de publicidad… En sus fotos, por encima de toda la decoración de la ciudad contemporánea, se insinuaban los momentos de siempre: el novio que espera a la novia, la abuela que riñe al niño, el hombre solo que no sabe a donde ir, la adolescente pensativa mirando su móvil, dos muchachos iniciando una pelea… Y él se preguntaba si todo eso que él estaba viendo y fotografiando tendría el interés y la fuerza de la fotografía que admiraba en otros fotógrafos famosos, extranjeros. Y yo siempre le decía que si él no ha sido uno de esos faros para la fotografía española, de momento, es porque no habíamos sabido ver en su trabajo la potencia y el misterio que habría merecido un libro de autor con su nombre en la portada. Pero algún día llegará. Él nos ha dejado y nos falta todavía eso: su mejor fotografía reunida para que las jóvenes generaciones puedan reconocerle y aprender de todo aquello que miró y señaló en el mundo que le tocó vivir. Hemos perdido la oportunidad de que él lo compusiera y lo narrara a su manera.

Noticia en El País
Noticia en El Periódico
Hoy es Paco Ontañón el que nos ha dejado, aún cargado de ilusión y de proyectos. Su obsesión de los últimos tiempos era el trabajo. Quería seguir moviéndose de acá para allá, gastando los zapatos, como él decía: los pies eran el fundamento de su profesión de reportero y en sus facturas incluía siempre un presupuesto aparte para el calzado. El reportero tenía que conocer el mundo por sí mismo, sin planes ni guías. La deriva era su estrategia para adentrarse en el territorio. Así, libre de cualquier método, podía aparecer de improviso en los lugares más escondidos, las calles desconocidas, los descampados, los lindes de las ciudades, los promontorios para las buenas vistas. Como el que gira en torno a una escultura para descubrir su forma, Paco se dejaba ir por las calles de las muchas ciudades que había visitado. Últimamente salía por Madrid a fotografiar. Dirigía su cámara hacia las personas. Buscaba los gestos mezclados con los signos de contemporaneidad: las indumentarias, las mezclas de tipos, las motos, las pintadas, los anuncios de publicidad… En sus fotos, por encima de toda la decoración de la ciudad contemporánea, se insinuaban los momentos de siempre: el novio que espera a la novia, la abuela que riñe al niño, el hombre solo que no sabe a donde ir, la adolescente pensativa mirando su móvil, dos muchachos iniciando una pelea… Y él se preguntaba si todo eso que él estaba viendo y fotografiando tendría el interés y la fuerza de la fotografía que admiraba en otros fotógrafos famosos, extranjeros. Y yo siempre le decía que si él no ha sido uno de esos faros para la fotografía española, de momento, es porque no habíamos sabido ver en su trabajo la potencia y el misterio que habría merecido un libro de autor con su nombre en la portada. Pero algún día llegará. Él nos ha dejado y nos falta todavía eso: su mejor fotografía reunida para que las jóvenes generaciones puedan reconocerle y aprender de todo aquello que miró y señaló en el mundo que le tocó vivir. Hemos perdido la oportunidad de que él lo compusiera y lo narrara a su manera.

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